María ha dejado de esperar. De contar los días y los minutos en su cabeza. De soñar con el momento esperado. De dibujar su sonrisa con los dedos. A María se le ha agotado el corazón de tanto querer; de tanto luchar; de tanto dar sin recibir. Es consciente de que ya no hay salida y le produce el mismo dolor que un disparo. Se quema en vida y las dudas le acorralan.
María tiene miedo de estar sola pero a la vez añora estarlo. Se siente culpable por haber dejado morir la magia y espera un milagro que nunca aparece. María recuerda que un día fue feliz y le arrancaron la sonrisa a golpe de engaños. Se considera una piedra, inerte, incapaz de querer a largo plazo.
María no sabe cómo decir adiós, aunque la palabra se anide en la punta de su lengua.




